Sunday, July 6, 2008


II

El Zopy conducía un Buick 64, el cual sobrevivió a fuertes dosis de mala suerte y multiesclerosis en el chasis. Viajó desde la frontera norte a Chiapas en tres ocasiones y le dimos vuelta a la frontera en busca del tesoro perdido de Barba Azul. Fieles seguidores de los atardeceres, nos desplazábamos buscando rutas impredecibles, puestas de sol para nuestra colección. El Jazz nos inoculaba el virus del éxtasis y no ocultábamos nuestra devoción a Sun Ra. Los calendarios servían para ocultar deslices y el futuro era una melodía que resonaba bajo nuestro andar. Recuerdo una ocasión que estábamos deleitándonos en una inigualable vista desde las altas montañas de Nuevo México, cuando un par de norteamericanos llegaron hasta donde nos encontrábamos a preguntar si queríamos hongos de la región. Las mariposas aletearon furiosas en mi pecho ante el desdén del Zopy. A ningún otro miembro de la banda le intereso la oferta excepto a mi. Sabía del inconveniente de ser el único en las alas de un instante multiplicado por el frenesí. No me importó y acepté la invitación para cruzar el umbral a esa otra realidad que ya se empezaba a desquebrajar ante mí. Después de meternos en unas pozas de aguas salitrosas en medio de las nevadas cumbres, seguimos más al norte hasta llegar a Alcalde, donde tendríamos nuestro siguiente recital. Yo buscaba afanosamente conservar la cordura hasta donde fuera posible. Me concentré en las palabras y mi bitácora de vuelo.

Ya en el pequeño poblado de Alcalde y de frente a los asistentes leí en silencio mi primer texto, el cual ante mis ojos resultaba todo un bodrio literario, el desfase poético era evidente. Leía en silencio mis textos e iba arrojando al suelo aquellos que en ese momento no entraban en mi percepción, o sea todos. Los asistentes miraban con sorpresa como el suelo se iba llenando de hojas blancas mientras la banda esperaba en silencio alguna señal. Entonces dejé que los hados hablaran por mí. Cerré los ojos y solo repetí lo que el calidoscopio susurraba. Escuché mis propias palabras como se iban trenzando con la noche, como la historia se acurrucaba bajo mis pies. El Zopy no necesitaba brebajes mágicos para entender los caminos que recorría sin andar. Era un faro que impedía que me despeñara por un cielo floreando en luz. Con su clarinete y sus efectos dibujaba un mapa por donde la noche se reconocía y participaba con su voz de sombra. No exagero si digo que muchos años después he continuado buscando inútilmente pistas de aquellas palabras, que para mi fueron mis poemas perfectos. Aún recuerdo su titulo: Río embudo Blues.

1 comment:

Modesto Herrera said...

Tenía razón, si hasta le compuse un blues!!! ya lo había leído... Muy bien blusero!

...Esperaba el canto del depredador de inmundicias hace rato;
ya estaba adoquinada la espera entre las piedras que se deslizaban
en la cañada de los lamentos cósmicos, cuando ellos de igual forma se eencontraban en el punto equidistante de las tierras con silencio y los valles inundados d e muchachas y también el lugar en que el miedo se encontraba con la curiosidad y la poca resitencia en las hondonadas de la magia...)

En el comentario a tu texto por donde ya sabes le anexé este poema como reconocimiento a tu bello y existencial relato sobre el periplo y la amistad, el happenin y la magia. Felicidades nuevamente